jueves, 21 de mayo de 2020

Roland Barthes sobre la escritura que produce la lectura

Escrito por: Zacarías Marco
En 1975, en un coloquio sobre escritura celebrado en Luchon, en los Pirineos franceses, Roland Barthes pronuncia una conferencia, la conferencia inaugural, sobre la lectura, éste es su título, aunque hacia donde apunte más exactamente sea hacia la escritura que produce la lectura. En el texto que redacta, y que se publicaría al año siguiente, podemos leer su hacer en pos de decantar un ordenamiento, al tiempo que se ve conducido a dar cuenta de su imposibilidad. Habla de la obligatoriedad de llevar a cabo un análisis estructural de la lectura que no deje de lado el problema del placer, y escribe Placer con mayúscula. Señala primero que la lectura no desborda la estructura aunque sí la pervierte. La razón es clara, se lee con el cuerpo, la lectura es, como dice, un gesto del cuerpo. Y, pese a esta dificultad, se muestra optimista, cree que ya se tienen medios para abordarlo. Señala un déficit de este más que es el placer implicado y el reto de no seguir evitándolo. Parece estar ante la tierra prometida de una segunda vuelta de tuerca estructuralista, y allí va, hacia allí se lanza dejando, como veremos, que su avance lo contamine a él.
Después del placer Barthes apunta al deseo. La lectura, nos dice, es buena conductora del Deseo de escribir, y escribe también Deseo con mayúscula. Recoge a continuación las palabras de Roger Laporte, quien reconocía que la lectura de autores como Proust, Blanchot, Kafka, Artaud, le había provocado, no ganas de escribir sobre ellos –o como ellos, añade Barthes– sino de escribir. Deseo de escribir. No pudiendo sustraer el latido del deseo del análisis, el autor se ve conducido a plantear el problema del sujeto, esa herida que se abre, inevitablemente, cada vez que se lee. Tenemos el empuje estructural, por tanto, como impulso primero de su voluntad, pero con la valentía de no evitar que su mirada se termine posando en lo que encuentra justo en mitad del camino, la piedra que lo hará tropezar. Y no se aparta, no la esquiva, y vuelve a golpear con su pie en ella. Es este movimiento lo más interesante del texto de Barthes, lo que provocará el par de joyas que nos deja.
Observemos qué sucede. Arrojado de lleno a la imposibilidad Barthes vierte su propia sangre. El efecto no se hace esperar, la poesía ha penetrado su texto. No esperemos más y vayamos con él directos a las dos formidables torsiones que lo coronan. La última, con la que el escrito acaba: La lectura sería precisamente el lugar en el que la estructura se trastorna. Pese a su título, Writing Conference, de lo que habló ese día en el sur de Francia es de la lectura, más concretamente, como decíamos, de la escritura que produce una verdadera lectura. Barthes trataba de investigar qué se produce en el acto de leer cuando, impresionados por lo que leemos, levantamos la vista, –otro gesto del cuerpo. Antes de esta conclusión, apenas unas líneas más arriba de este final, Barthes nos ofrecía otra magnífica imagen de lo que quería transmitir. La lectura, en suma, sería la hemorragia permanente por la que la estructura se escurriría. Hay que entender que dicha hemorragia, que él destaca en cursiva en el texto, conduce al fracaso aquello que el autor tendería a hacer, esto es, el análisis estructural, si no se percatara de los límites que se le imponen a su deseo y actuara en consecuencia. Este reconocimiento otorga al texto su indudable mérito. Más todavía, su magia.
Retornemos ahora desde el poético final de este escrito al lugar del tajo, justo en el momento en el que Barthes aspira a producir allí un nudo, un anudamiento estructural. Una cuchilla llamada Deseo ha rasgado la posibilidad del análisis al introducir el problema de la inasible subjetividad. Y allí todo tropieza. Barthes empezó cerniendo primero las causas de un fracaso en el pensamiento, que él localiza en la actividad lectora, un camino que le llevará a ese sujeto falto de plaquetas, que inevitablemente invadirá todo análisis. La contención es imposible. ¿Qué provoca su fracaso? Un doble desconocimiento. Partimos de una idea de sujeto perdido de entrada, privado de su unidad, de aquella unidad del sujeto pensante de toda la filosofía idealista. Un sujeto que no puede pensar en reflexivo, que no puede pensarse, debido al doble ocultamiento al que tanto su inconsciente como la ideología lo someten. Son sus fugas. El reflexivo se vuelve impracticable, la tirita no vale. Y sangra. La emergencia de las emociones en su actividad lectora no puede sino manifestar el descentramiento que lo afecta. Es inevitable. Si un primer descentramiento “ideológico” permitía la posibilidad del análisis estructural, este segundo descentramiento lo impide. No puede efectuarse siguiendo la perspectiva inicial, no puede, puesto que la falta de engaño sobre las limitaciones nos abre a un panorama diferente, nos enfrenta a algo todavía por hacer. Una poética del pensamiento por venir.
Más allá del reconocimiento a las aportaciones del psicoanálisis, conmueve la posición desde la que Barthes interviene, dejándose atravesar por la imposibilidad, desnudando el límite de su propio discurso –o de una ambición, diríamos, de la época– con vistas a organizar conceptualmente la experiencia de la lectura. Pero no nos quedemos aquí. La apertura con la que lo resuelve bien merece una réplica, un diálogo. No se trata tampoco de apuntarnos a un movimiento lineal, historicista, o pensar que podemos hacer aportaciones novedosas, superadoras de Dios sabe qué. Obviamente no. ¿Qué entonces? Probemos a levantar la vista. Pienso en leer y no sé qué es leer. Este no saber es mi punto de partida. Por eso trataría de acompañar el acierto de esta bella conferencia con algo, con una reflexión sobre otra manera de ver la lectura. Cómo ser fiel al efecto de la lectura, al lugar donde ésta es siempre otra para el sujeto que lee. Bajo entonces la vista.
Barthes habla de la lectura como escritura en el sentido de formar parte del proceso que lleva a la escritura, la lectura como estimulante de la escritura, lectura que desencadena la escritura. Pero todavía se podría empujar un poco más. No intentemos echarle el lazo a ese deseo. O sí, pero desde el otro lado. Él será quien nos alcance. Sólo entonces, una vez que el lazo nos ha apresado, podemos levantar la vista. ¿Qué tenemos? No deseo de escribir sino escribir como deseo. Y llamamos a eso hacer una lectura. Hay un leer que es escribir. Más todavía. Leer es escribir, es producir una escritura en sí mismo. Levanto la vista porque el lazo de la escritura me prende, me ha agarrado. Escribir está ahí, en la lectura cuando se ejerce de manera activa. Por eso la lectura que no adormece es escritura. Y la que adormece, en el fondo, también, pues no hace sino tejer en el telar de nuestros sueños. La una intenta acomodarnos a una escritura; la otra la provoca, debido a la irrupción inevitable de la subjetividad, como dice Barthes. Esa subjetividad que trastorna la estructura es escritura cuando la lectura la lee. Dar cuenta es otra cosa. Podemos, perfectamente, no hacer acuse de recibo y evitar la sacudida. Es la salida corriente. Entonces nos pasa por completo desapercibido lo que depende de nosotros, lo que depende de cada uno, de la utilización que cada uno haga de la lectura. Y así, puedo leer de una manera totalmente restrictiva, sin contacto con la actividad de la escritura, evitando su lazo; o bien, participar, levantando la vista, de lo que la escritura implica. Entonces, leyendo, escribo.
Columna: Tejidos de escritura

domingo, 9 de febrero de 2020

Lo Fantástico en la Literatura

Despedimos este 2015 con un texto que Liliana leyó hace unas semanas en la Universidad de San Martín.
¡Feliz 2016 para todos!

LO FANTASTICO EN LA LITERATURA: una posibilidad y una necesidad

Comienzo por lo que me parece más relevante: leemos literatura porque una vida no nos alcanza. No nos alcanza un amor, un patio, una profesión… Y tampoco nos alcanza una muerte. Querríamos morir en un campo de batalla, en una cama junto a nuestros seres amados, querríamos morir sin despertar, pero también diciendo una frase inolvidable. Y sobre todo, querríamos morir y seguir viendo lo que ocurre.

Leemos literatura fantástica porque el recorte al que nuestra pertenencia cultural llama realidad no es bastante para entendernos y menos para entender al otro.

Es frecuente asimilar lo fantástico a la evasión, a la construcción de irracionalidad. Es frecuente creer que la fantasía puede producir pensamientos y conductas inviables e ineficientes en el mundo real.

Prejuicio y desconocimiento. Paradigma desprestigiado por el discurso dominante. Mandato de un sistema que necesita individuos y no tribus; que le saca provecho a la uniformidad, que se apodera, o pretende apoderarse de la verdad. Que prefiere obviar el hecho de que gran parte de la realidad humana y social es una construcción y un modo de organizar las percepciones y no un modelo preexistente. Con seguridad, lo fantástico pertenece a un ámbito difícil y contradictorio, y es presa fácil para la charlatanería y la infantilización.

Sin embargo, el concepto de lo mágico y/o de lo fantástico como un abordaje de la realidad y un modo de comprender el mundo enaltece a la especie humana, habla de sus múltiples inteligencias, nos advierte que la razón no siempre alcanza, que no es bastante para explicar los fenómenos ambiguos que genera nuestra subjetividad.

También somos hijos de la maravilla.

Al fin, ¿por qué la especie humana alentó la fantasía en la construcción de sus culturas?, ¿cuál es la explicación para el anhelo de lo sobrenatural, de lo maravilloso, que parece acompañar a todos los pueblos del mundo?, ¿es posible decir que lo fantástico es un asunto "primitivo", que se debe a la ausencia de mejores explicaciones?

Cierto es que el pensamiento racional y el método científico han tomado las riendas del conocimiento para generar tanto las soluciones como los nuevos desafíos. No obstante, el pensamiento mágico siempre pugna por reaparecer, y lo consigue. Lo maravilloso se actualiza y regresa, cambia de registro, se transforma en arte, se disfraza de meta-ciencia, pero siempre vuelve.

Es en este sentido que me atrevo a señalar algunas causas que justifican este anhelo por lo fantástico.
- La primera de ellas es que lo fantástico nos permite crear nuevos conceptos. No duendes saltarines, no zombis, no vampiros, sino conceptos acerca del Otro, acerca de lo lejano y desconocido, de lo escaso y misterioso, de lo terrible y de inefable. Y crear conceptos es crear conocimiento.
- La segunda razón es que despotencia el miedo. Lo fantástico es capaz de intervenir en nuestros más grandes terrores para hacerlos accesibles. Les otorga cuerpo, conductas, orígenes, y así podemos mirar a nuestros miedos a los ojos.
- Lo fantástico puede proponer explicaciones alternativas para los fenómenos reales, ensayando soluciones no convencionales.
Tal vez, aunque sea atávica y simbólicamente, la literatura fantástica nos revela la existencia de otro orden posible, de culturas gigantescas e incomprensibles. Y nos permite visualizar que no hay un único modo serio de conocer el mundo, ni un solo recorte aceptable de la realidad.

Pensemos un momento en la lectura de textos fantásticos y en las potencias que posiblemente pueda desarrollar.

La lectura de textos fantásticos desarrolla necesariamente nuestra condición poética, porque no hay modo de acceder a esos textos sino es en clave simbólica y metafórica. En todo caso, obliga a los lectores a ejercitar la fascinación además del raciocinio.

Pensemos en Alicia y su País de las Maravillas.

Alicia cae por un pozo, como por una búsqueda, y se encuentra enfrentada a un mundo que no comprende. Llega cargando su bagaje de practicidad, sentido común, pensamiento inductivo, racional, con su mundo de mandatos unívocos: esto es esto. Llega y se encuentra con personajes que, de un modo u otro, se plantean como Otros. Una otredad que atraviesa la lógica establecida, propone pensamientos
alternativos y soluciones nuevas. Una otredad que problematiza el concepto de realidad, y resuelve de maneras distintas, inéditas.

Alicia no es una divagación caótica, una explosión de sinsentido. Y muchísimo menos es el sueño de una niña, tal como lo escribió Lewis Carroll seguramente guiado por su época. Alicia es una metáfora eterna del ser humano ante la "tragedia" de la realidad. Una metáfora acerca de la necesidad humana de afrontar el tiempo, el amor, la muerte, la cordura con más herramientas que el puro sentido común y la racionalidad.

Alicia es la exposición de que la palabra unívoca no solo no es bastante para comunicarnos, sino que al contrario, genera desencuentros y soledad.

Podemos y debemos leer literatura fantástica porque la realidad que habitamos, desde la división del tiempo hasta la tabla periódica, desde los colores hasta los pecados originales, es una construcción transitoria. Es un dibujo que no descarta la multiplicidad de dibujos que proponen otras realidades, igual de válidas que la nuestra.

Debemos leer literatura fantástica porque somos adultos.

También porque nuestro cuerpo, si sabemos escucharlo, nos reclama el espacio inconmensurable y libre de la magia. Debemos leer literatura fantástica porque vivimos demasiado poco para la gran capacidad de soñar que nos fue otorgada.

Liliana Bodoc
UNSAM - Noviembre de 2015
El infierno puede esperar de Hilario Peña
Es una novela que permite observar con mayor detalle la consolidación de un personaje que todavía tiene mucho por contar. Malasuerte es un pretexto muy bien logrado para decir con voz campechana lo cotidiano de una realidad nacional atravesada por el desencanto, la corrupción y la incertidumbre.

Una infinidad de microhistorias que se tejen alrededor de un fenómeno presente en la cotidianidad de millones de mexicanos le permite al autor articular una narración ágil, entretenida y sólida que recupera la esencia de paisajes y escenarios característicos del norte del país engarzándolos con un humor muy fino que hace peculiar a su propuesta literaria.

Entre el caos, la permanencia de valores que parecen en desuso sigue latente y determina las acciones de los personajes principales: “Le preguntaba a don Ogro si le parecía justo que gente bien educada como nosotros nos pudiéramos ir al infierno a quemarnos para siempre en su hoguera por haber cometido un crimen en nombre de los valores más nobles del género humano: la justicia y el amor. Él por justicia había asesinado al patán que grabó a su hija, mientras que yo alguna vez llegué a matar por amor.”.

El amor, que tiene una caracterización peculiar para Silverio (personificado en Telma), es el eje que articula sus periplos y desventuras: le da y le quita. Ya no es Malasuerte “en persona”, sino el halo de su casi mítica figura, quien encabeza los episodios dignos de contarse de Silverio, un auténtico producto de un nuevo, sórdido y desesperanzado mundo subterráneo.

JUAN JOSÉ SAER Y EL LIMONERO REAL



AMANECE Y YA ESTÁ CON LOS OJOS ABIERTOS...